lunes 1 de marzo de 2010

En la Tentación


Hay quien piensa que Dios es un aguafiestas, que nos arruina la diversión con cortapisas y trabas, o un Dios triste que no quiere que disfrutemos. Y entonces parece que la tentación son esas cosas fascinantes que nos atraen, pero… ¡¡¡Qué fastidio!!! tenemos que renunciar a ellas en nombre de una supuesta perfección. Y si lo vivimos así nos quedamos con las ganas, medio molestos y pesarosos por la renuncia… Pero no es eso. La tentación es lo que promete el bien y me conduce al hoyo. Lo que aparece atractivo o incluso bueno, pero me aleja de ti y de los otros. Lo que parece de recibo, evidente, inevitable en mi vida cuando en realidad no lo es. Lo que, con engaños, me mata un poco. Líbranos, Señor, de esos espejismos que prometen vida y esconden vacío.

Ponerse en marcha. ¿Hacia dónde? ¿No es más sensato quedarse quieto? A veces me asaltan esas dudas. Me digo que “¿qué voy a hacer yo?” Pienso que pretender cambiar algo de lo que va mal en el mundo –lejos y cerca- es ser un voluntarista o un soberbio. Me digo entonces que tal vez basta limitarse a vivir, sin pretender nada, y que lo contrario es ser un iluso o un pretencioso. Pero luego algo me hace ver que hay trampa en ese discurso. Que una cosa es aceptar las limitaciones y las debilidades –muchas-, y otra cosa es la falsa resignación de quien no lucha por nada. Señor, dame causas dignas, aliento para caminar, valentía para arriesgar y humildad para caer cuantas veces sea necesario. Dame gente con quien compartir el camino.

Es tan fácil encontrar pegas… Instalarse en la protesta por sistema, poner siempre “peros”. Y lo llamo rebeldía o capacidad crítica. Y me convenzo de que es una manera de ser coherente. Y siempre encuentro razones para ver las sinrazones de los otros. Y en el proceso mis problemas se inflan hasta el infinito mientras los males de otros se desdibujan. Me quejo de soledad o de compañía, de ruido o de silencio, de trabajo o de aburrimiento.
Dame, Señor, lucidez para acoger la vida, para valorar lo que tengo, para afrontar con hondura los problemas reales, pero despachar con libertad los lamentos pueriles. Enséñame, Señor, a mirar como tú.